Ir al contenido principal

La música (III)

                             *
  
V
íctor Jara, el cantor que habían matado los militares, había escrito y cantado muchas más canciones que el cigarro y aunque sus canciones estaban prohibidas por la dictadura en que me tocó crecer, de todos modos, las pude escuchar. Sus canciones y su música eran porfiadamente compartidas por aquel mismo pueblo al que él le cantó. La letra de sus canciones tenía el mismo o tal vez mayor valor que cuando habían sido cantadas por primera vez. Había en mi infancia un casete pirata que vi volar libre de mano en mano. Vi cómo era que esas canciones alegraban a aquellos que parecía que ya no reirían nunca más (La beata, Ni chicha ni limoná), oí como es que volvían a creer aquellos a quienes les aplastaron las esperanzas (El arado, Plegaria a un labrador), estuve presente cuando aquella música mantenía más unidos que nunca a quienes hoy es tan fácil separar.

**

    La gente que era mi gente por entonces oía bastante música trágica. Los boleros, los valsecitos peruanos y las rancheras eran para mí tan naturales como lo eran para todos aquellos con los que compartí ollas comunes, cacerolazos y protestas. Mientras más sufridas las letras, más nos gustaban estas canciones. Las guitarras, trompetas y pianos fueron la música de fondo para tantas personas que por entonces no tenían otra alegría que escuchar aquellas historias que testificaban que siempre puede haber alguien que tenga peor suerte que la que le toca a uno.

    Los maltratados por años más antiguos se quedaban largo rato oyendo al tango que es macho. Pude ver más de alguna vez lágrimas en los ojos de hombres poco o nada habituados a mostrar sus emociones por culpa de aquellos tangos. El tango solía ser tan trágico como sabio, era ya por entonces tan antiguo como antiguos eran esos hombres que fumaban sentados tras extenuantes jornadas de trabajo. El tango era emotivo como emotiva es la añoranza de otros tiempos donde todavía vivía la vieja, los hombres eran más hombres y las mujeres más mujeres.

***

   Antonio Aguilar era entre los cantantes de rancheras mexicanas el que más personas escuchaban. Eran muchas sus interpretaciones conocidas pues de alguna forma él sabía cómo hacerlas cercanas. Era mexicano de verdad (esto lo aclaro porque muchos y muchas de las rancheras que se escuchaban en las poblaciones por aquella época eran interpretada por chilenos o chilenas) y sus corridos sobre caballos famosos eran escuchados con la misma naturalidad en los pueblos del sur del país, donde los caballos seguían siendo compañeros en las labores diarias, que en la zona central repleta aún de poblaciones donde los caballos tiraban de carretones cargados de fierros, mesones, frutas y verduras a las ferias.

    Las canciones de amor y de desamor de Antonio Aguilar también eran muy cantadas en las calles; antes de saber quién era quien la cantaba yo andaba tarareando aquello de quien te araño los cachetes o sonaron cuatro balazos. Nada que decir, la música trágica que al igual que el tango funcionaba como bálsamo para tantas penas grandes que eran por entonces tanto para adultos como para niños por igual.


Comentarios

Entradas populares de este blog

Felicidad o tristeza

U na persona me ha contado más de un vez que le da un poco de pudor contar que es feliz. Compartir lo bien que le van las cosas porque dice que las personas que la rodean... parece que se enojan cuando uno está bien.   Me ha dado no poco que pensar esta forma de ver el asunto. Cuando viví los lejanos años de la tristeza, nunca me planteé el influir con mi estado anímico a los otros; parecido me pasa ahora que sé a ciencia cierta que mi paz no contagia a aquellos que quieren vivir en guerra. Entonces pienso, y así se lo he manifestado a esta persona que cree que su felicidad afecta a quienes le rodean, que poco importa lo que se quiera compartir cuando no existe por parte de las personas voluntad de recibir. He sido testigo de cómo la profunda depresión de una persona es incapaz de remover en el más mínimo aspecto la necedad de quienes se obligan a ser felices porque creen que es de buena educación no andar ventilando lo que uno siente. Es decir que socialmente nos hemos a...

Una historia democrática

  T enía muy claro que la persona por la que votaba muy rara vez ganaba. Entendía demasiado bien que la democracia nunca fue el poder de ningún pueblo y que era más bien el gobierno de los consensos. Aún así fue a votar como siempre. Se levantó temprano, se bañó con agua caliente porque hacía frío y no parecía que fuera día como para descuidarse. Tomó desayuno viendo cómo una vez más los medios de comunicación presentaban una cobertura intencionada de la jornada. No se puede esperar ganar en un país como este; pero igual soñaba. Soñaba como llevándose la contra, intentando aferrarse a aquella última esperanza que sabía que se perdió. Contaba con la tranquilidad de la jornada; no por nada se hablaba tanto de lo desordenado que estaba el país. No por nada la culpa era siempre de los que pensaban distinto. Por eso era, quizás, que hace años que ya no pensaba, únicamente sentía lo que su corazón le decía. Ridículamente, porque sabía muy bien que el corazón no hablaba; que era la conven...

La vida es una loca de remate

    J usto en la parte de atrás de las casas de la villa a la que habíamos llegado a vivir había un enorme peladero que, antes de ser adecuado para que los hombres de la villa pudiesen jugar fútbol, servía para que cada cierto tiempo se instalaran las carpas de los gitanos y uno que otro circo pobre.     De un circo que se instaló cierta vez trata esto que recuerdo; de su pobre espectáculo, de la gente que conocí allí y del miserable destino de los animales que eran parte del entretenimiento.     A pesar de que las entradas no eran caras, algunos de los niños y niñas no contábamos con las monedas para poder financiarla por lo que nos ofrecimos para ayudar o para llevarles agua desde nuestras casas con la finalidad de conseguir entradas de cortesía que era como le llamaba rimbombantemente el dueño del circo a dejarnos entrar por un acceso reservado a los integrantes del circo (no se imagine para nada una entrada bonita; había que levantar una c...