Un hombre mayor que yo del cual no viene al caso recordar ahora ni su nombre, ni la situación puntual en que intentó “aconsejarme” me sugirió que, habiendo ya pasado los quince años, era tiempo de que tuviese una polola. Le expliqué que no había encontrado todavía ni el tiempo, ni la mujer con la cual poder conversar, que no me resultaba nada fácil establecer una relación debido al profundo respeto que me producían las mujeres. Recuerdo hasta el día de hoy el rostro descompuesto de aquel hombre mayor al cual le faltaba madurar mucho todavía - él esperaba llevarme a mi primer prostíbulo apenas cumpliera los dieciocho años - sin alcanzar a entender aquellas futilidades de las cuales yo le hablaba. Me dijo bastante molesto que: si de verdad estaba esperando aquello es porque algo no andaba demasiado bien con mi hombría; que las mujeres a esa edad eran para besarlas y tocarles las pechugas. Creo entender su preocupación; lo que pasa es que por entonces yo era bastante extraño; del tipo que escucha a la mujer que quiere hablar de sus problemas de amor y no ha aprendido todavía a decir cosas tan prácticas y necesarias en una relación como: cállate y bésame.
T enía muy claro que la persona por la que votaba muy rara vez ganaba. Entendía demasiado bien que la democracia nunca fue el poder de ningún pueblo y que era más bien el gobierno de los consensos. Aún así fue a votar como siempre. Se levantó temprano, se bañó con agua caliente porque hacía frío y no parecía que fuera día como para descuidarse. Tomó desayuno viendo cómo una vez más los medios de comunicación presentaban una cobertura intencionada de la jornada. No se puede esperar ganar en un país como este; pero igual soñaba. Soñaba como llevándose la contra, intentando aferrarse a aquella última esperanza que sabía que se perdió. Contaba con la tranquilidad de la jornada; no por nada se hablaba tanto de lo desordenado que estaba el país. No por nada la culpa era siempre de los que pensaban distinto. Por eso era, quizás, que hace años que ya no pensaba, únicamente sentía lo que su corazón le decía. Ridículamente, porque sabía muy bien que el corazón no hablaba; que era la conven...

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