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La vida es una loca de remate (VI)

Hay una frase lapidaria que le escuché por primera vez al cantor a lo humano y lo divino Francisco Durán en aquellas tertulias que solíamos tener junto a otros entrañables patanes en un tiempo en que café, vino, cigarrillos y grandes conversaciones eran una misma cosa. Profundizábamos aquella vez en la condición de majadería crónica en la que se sumen aquellas personas que defienden “sus verdades” incluso cuando ya se les han acabado los argumentos.

    En aquellos años en que yo gozaba de un reconocimiento no menor por parte de músicos, cantores, bailarinas y otros aguerridos artistas que como Panchito Durán no buscábamos más reconocimiento que el poder ser parte de un movimiento artístico tan estimulante como anónimo. Decirnos lo que pensábamos era, además de la más fidedigna muestra de respeto, un derecho empáticamente ganado.

    Al igual que la mayoría de aquellas increíbles personas que por entonces frecuentábamos, Francisco pensaba que yo era comunista e intento apelar a aquel humor negro que tanto nos gustaba para que su sentencia fuese recibida de mejor manera:

-         Si una persona tiene veinte años y no es comunista, no tiene corazón. Pero, si una persona tiene cuarenta años y sigue siendo comunista es que no tiene cerebro.

    Me pareció graciosa la frase. No me ofendí en modo alguno pues yo por entonces tenía algo así como veintitrés años y definitivamente nunca había sido un comunista militante, mucho menos ortodoxo. Eso sí, me quede pensando en aquellas personas que conocía o que alguna vez había conocido que militaban en el partido o que manifestaban ser comunistas que tenían cuarenta o incluso más años e imaginaba la cantidad de argumentos que seguro tendrían para rebatir esta sentencia.

    En aquellos años aprendí mejor que nunca que la solemnidad, los fanatismos y la falta de inteligencia son enemigos declarados del sentido del humor. Que la gente que es distinta se complementa mucho mejor de lo que lo pueden llegara a hacer dos que piensan igual. Le perdí el miedo a estar equivocado y me vi reflejado en formidables señores que claramente pensaban bien distinto a mí, pero eran capaces de valorar mis escritos casi a un mismo tiempo que generosamente compartían sus propias manifestaciones artísticas, pero sobre todo una calidad humana a prueba de tontos graves.


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