Para mí el comunismo era principalmente compartir. Ponernos de acuerdo para que a nadie le faltase lo más mínimo para vivir de manera decente. Ser tratados y sentirse humanos; por eso fue que apenas empecé a ganar un poco más de dinero, complementé mis caminatas buscando con quienes compartir aquello que llamaba condición humana. No sólo me sentaba a conversar con algunas de las mujeres y hombres que podía encontrar en la calle, me permití además invitarles a desayunar o a almorzar. Invitarles a elegir el lugar donde quisiesen comer. Ponía a disposición, por un rato, de sus deseos y preferencias el dinero que había reservado para gastar en mis propios deseos y preferencias.
De aquellos breves momentos recuerdo uno
que fue el comienzo de una anécdota que se ha transformado en una constante de
tiempo en tiempo. Encontré a un adolescente durmiendo en una plaza que estaba
junto a una bomba de bencina de la calle Santa Rosa, en el sector donde al
momento en que escribo estas palabras todavía existe los fines de semana y días
festivos un mercado persa. Tuve que esperar a que despertara (era la mañana y
empezaba yo a sentir cierta urgencia por ir a tomar desayuno) cuando el muchacho
despertó, se me quedó mirando. Le saludé con un cordial:
-
Buenos días vecino; que era una manera
de contrariar el contratiempo de no conocernos.
Le pregunté sobre cómo había pasado la
noche entre otras cosas que no tenían otro propósito que allanar el camino para
invitarle a tomar desayuno. No pasaron ni diez minutos, ya éramos viejos
conocidos y él había aceptado. Dobló los cartones y la frazada en los que
dormía, cruzó rápidamente la calle para ir a guardar sus pertenencias en el
servicentro, se lavó la cara e intentó doblegar con abundante agua las rebeldes
greñas que llevaba en la cabeza.
Fuimos a un pequeño restaurante donde
pedimos huevos fritos y café. Conversamos sobre asuntos de su vida que ahora no
recuerdo hasta que un vendedor ambulante que ofrecía su mercadería por entre
las mesas le reconoció. Sin prudencia alguna le gritó:
-
¡¿Teni nuevo lacho…?!
El muchacho, que de mí no tenía más
información que no fuese otra de que yo pagaría los desayunos le corrigió con
una extraña ternura:
-
No; es un padrecito…
El inoportuno me miró entonces de manera
distinta. Se alejó entre avergonzado y apurado. Esperé que mi invitado
terminara su desayuno para intentar aclararle que yo no era cura. Me miró de
manera que no dejaba espacio a la duda. A él eso bien poco le importaba, le
había invitado su primera comida de aquel día y sólo por eso no toleraría de
ningún modo que alguien me faltase el respeto.
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