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Los revoltosos (I)

No creo que sea el primero de los revoltosos de la historia como a tantos oí decir cuando yo era niño; sin embargo, lo usaré como punto de partida. Ninguna duda cabe de que nació pobre. Trabajó la madera algunos años y alrededor de los treinta se abocó a su verdadera tarea. Replanteó todo aquello que se consideraba correcto por aquel tiempo. Habló pletórico de una extraña convicción muy lejos de los templos. Encontró algunos amigos y amigas, compartió con ellos y ellas sin hacer diferencia alguna. Caminó a solas en el desierto para ordenar sus ideas. Volvió a las calles que le vieron crecer comprometido con su mensaje, reunió a quienes él consideraba sus hermanos y sus hermanas; compartió con ellos y ellas el pan y el vino.
    Fue entonces que los uniformados, guiados por el soplo de uno que había comido en su mesa, vinieron por él. Lo juzgaron de mala manera, pues no hay otra forma de juzgar a quienes pensamos que no se nos parecen. Fue condenado por aquellos que por entonces, ostentando el poder, manipulaban como ha sido siempre a las masas. Lo insultaron, lo golpearon; en silencio pagó entonces el hombre el precio de sus ideas. Fue ejecutado en un monte junto a otros que como él incomodaban al régimen que les vio nacer.
    Es probable también que este primer revoltoso tuviese tanta rabia para con el imperio que subyugaba a su pueblo no haya sido el que pensamos. Que haya organizado mítines, robado y hasta asesinado, pues es un hecho que de otra forma no puede ser llevada a cabo una revolución que pretenda quitarle a los poderosos para darle a quienes nada tienen.
    Puede ser que de tan revolucionario haya que recordarlo como la contraparte de sí mismo, la razón del odio que sienten algunos por cierto pueblo que fue perseguido por ser distinto y hoy, constituido en nación, persigue a quienes son distintos a ellos. Pensar en él como en un pillo, un criminal que nos permite elegir a nosotros el tipo de revolución que nos define. Decidir si somos de aquellos que ponen la otra mejilla o si nos revelaremos a lo que consideremos injusto, incluso usando la violencia de ser necesario
    Fuese el que fuere, este primer revolucionario, porta en su inicio la más humana contradicción que es común a todos los revolucionarios que serían después. Perdonar o cobrar por las injusticias, los maltratos recibidos. Ciertamente es más fácil permanecer sin hacer ni decir nada, reconocer que las cosas son como son y señalar con el dedo a quienes no se pueden resignar, a quienes no podían morirse sin hacer nada.


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