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El lado de afuera de la puerta

 Cuando uno se queda del lado de afuera de la puerta ve las cosas bien distintas a cómo se ven a través del marco de la ventana. Ve la calle que es bien larga y si se atreve a caminarla se da cuenta de que son muy variadas las calles a las que puede llevar una sola calle.

Forzosamente uno se encuentra con personas que no conocía. Se encuentra con otras voces que dicen las mismas cosas que dicen otras voces, pero lo dicen de manera distinta. Hay niños chicos del lado de afuera de la puerta, mujeres que se ven más viejas de lo que son y hombres que han aprendido a conjugar de muy mala manera el miedo.

Del lado de afuera de la puerta me hice amigo del vino y de los perros. Conocí las luces que hacen menos oscura las noches y aprendí que lo que se considera importante en el día, es también importante durante la noche. Supe que se puede dormir en cartones y que pocas cosas abrigan tanto como dormir rodeado de perros. Quemé al frío desde adentro, con un buen sorbo de pisco y vi bailar al pavimento, no una sino tres veces. Le vi, también, la cara partida a los porfiados que no pararon de empinar el codo sino hasta caerse de boca al suelo. Vi más sangre de la aconsejable del lado de afuera de la puerta. Más necesidades de las aconsejables para volverse bueno. Más infierno que paraíso sin necesidad de portarse mal o de haber muerto para conocer el cielo.

Es muy probable que, de no haber nadie que me esperara tras la puerta y bajo el techo que me aguardaba, me hubiese quedado en esa calle que iba a dar a otras calles. Cuando volvía, cuando me quedaba del lado de adentro de la puerta, miraba por la ventana y extrañaba tanto ver las cosas que no se pueden ver sentado frente a la ventana. Echaba de menos las voces que se suman en las calles para vociferar por lo que consideran, es derecho de todos. Del lado de afuera de la puerta hay voces que, aunque malhabladas, dicen las cosas de una manera distinta de cómo las dicen las personas que por no vociferar se consideran más educadas.

Quienes me quieren me piden que me cuide porque ya saben que se me hace inevitable salir a ver las calles cerradas por las fuerzas del orden, mucho antes de que haya desordenes, en los días de protesta. Respondo que no garantizo nada porque yo sé que los destrozos no favorecen a quienes protestan, bien lejos de la ventana que se empeña en decretar que la población es violenta.

Del lado de afuera de la puerta he perdido cosas a la mala y he entregado cosas que nadie me pidió a la buena. He escrito papeles donde otros aspiraron tolueno y he sabido de historias que se llevan muy mal con la historia oficial.

En el lado de afuera de la puerta, las cosas que se reconocen buenas no sirven de mucho y las que se consideran malas, sirven apenas por un rato. En realidad, todos debiésemos tener una puerta; hacer hasta lo imposible para que todos tuviesen un techo sobre sus cabezas y que a todos les esperara de vuelta, aunque sólo fuera un afecto. Hacer hasta lo imposible para que no tuviésemos que encerrarnos con llave detrás de las puertas. Parece irrazonable lo que estoy diciendo ¿cómo se me ocurre, siquiera, insinuar estas barbaridades? Les recuerdo que esta es una hoja de papel. Que yo he escrito papeles donde otros parecían muy seguros de lo que respiraban. He visto con mis ojos una casa levantada con basura y cartón que manos educadas queman una y otra vez. He visto las casas que se levantan junto a las modernas autopistas. Casas que la ventana, desde muy lejos, insiste en mostrar como foco de la delincuencia. Vi a pequeños bandidos jugando en las estrechas calles que unen esas casas en donde los pasajes aún permanecen abiertos para que los vecinos se puedan visitar. En los rincones ocultos de otras calles, que nadie visita, toqué la piel herida de los condenados. Aguardé sentado al lado de los que esperaron morir para tener un lugar seguro en donde dormir.

Es por eso que yo no tuve nunca, si es que alguna vez algo tuve, una puerta. Tengo las llaves de algunas puertas en donde agradezco que aún haya quienes esperan verme de vuelta; pero no tengo puerta…tengo las calles, tengo los perros, el vino, el frio y el hambre que me esperaron siempre bien lejos de la ventana, en el lado de afuera de esas puertas que me ven entrar y salir; de vuelta a esa calle que me lleva a muchas otras calles que no se pueden ver con claridad si se les mira desde la ventana.

                                                                      

 

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