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Ahora comprendo cuál era el ángel que entre nosotros pasó

No entendí, hasta ahora, porque nunca me ha terminado de convencer la obra de Silvio Rodríguez. Hasta ahora que escuche conversar a un grupo de sus fans sobre lo caras y difíciles de conseguir que eran las entradas para sus últimos conciertos en el país de la desmemoria. Aquellos fans pertenecen a lo que se ha dado a llamar la clase media. Personas que tienen todo el derecho del mundo a comprar las entradas que les permitan entrar a los espectáculos (o puestas en escena, en casos como éste) que ellos y ellas estimen convenientes. Esa, tal vez evitable, conversación sobre el privilegio de asistir a escuchar, una vez más, al inmortal trovador como un ejercicio de presunción a la altura de como se presume el teléfono o el auto que por ventura de sus esfuerzos y de las bondades del libre mercado unos pueden tener y otras tan únicamente ambicionar.

Silvio Rodríguez, sin lugar a ninguna duda, es mucho más que eso. Es la voz y el sentimiento de, al menos, cuatro generaciones. Su obra es extensísima y sin embargo sólo he comentado Memorias un disco o casete de 1987 que seguro no es su mejor trabajo pero a mi siempre me pareció honesto. No pocas canciones de sus otros discos o casetes me parecieron estremecedoras, pero algo había en el trovador; en sus otros discos o casete que no me terminaba de convencer. A Pablo Milanés siempre le creí un poco más; a menudo me pregunté por qué Vicente Feliú terminó siendo un trovador menor, fuera de las fronteras de Cuba a pesar de que había escrito una canción tan buena (Créeme) que el mismísimo Silvio Rodríguez aceptó ser la segunda voz en ésta. Algo estaba por ser entendido.

Este ángel que en una canción (Pequeña serenata diurna) pide perdón a los muertos de su felicidad o que reflexionan acerca de lo fácil que es escribir a metros del refrigerador (Canción en harapos) es un símbolo innegable de la conciencia al servicio de una ideología; una ideología que ha ido perdiendo cada vez más consistencia debido a eso de que la historia de la humanidad es cíclica y ahora todos parecen tener opiniones y posturas más bien conservadoras. Es extraño pensar en esto; nunca he logrado ser todo lo conservador que me hubiese convenido y respeto de sobremanera a las personas que son capaces de demostrar consecuencia entre lo que dicen y lo que hacen. Este ángel tuvo siempre esta disyuntiva presente; se preocupó siempre de hacer conciertos más pequeños sin cobrar un sólo peso y también de no opinar, públicamente, de lo contradictoria que terminó por ser la revolución cubana de la cual él, para bien o para mal, terminó siendo la voz artística más escuchada.

Digo que ahora comprendo cuál era el ángel que entre nosotros pasó porque es parte de nuestra propia historia. Me enamoré, más de una vez, de mujeres que escuchaban a Silvio Rodriguez. Les confesé que a mi me gustaba mucho más Joan Manuel Serrat; aún así ellas me quisieron; compartieron conmigo sus bellos pensamientos y una parte de su tiempo. Unas más profundas que otras ya que es un hecho que aquello que leemos o escuchamos no tiene porque definirnos. Somos un sin tiempo de reflexiones y de contradicciones. Escuché al ángel reflexionar sobre el cielo que le tocó vivir. Me quedé en su mirada cierta de que ya no podía dar marcha atrás en lo que hace más de cuarenta años había decido representar. Entendí que de otra forma hubiese sido a penas un trovador del amor y que aceptó ser algo mucho más importante para millones que no se quisieron arriesgar, como él, a profundizar, al menos públicamente, sobre aquello que sus bellas canciones decían o dejaban de decir. Únicamente Silvio Rodríguez, ya lo bastante mayor como para ser honesto, puede dimensionar a qué costo.

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