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Matar a Pinochet (2020)

Es muy agradable cuando no se espera nada de una película y esa película te sorprende gratamente. Eso fue lo que me pasó con esta película dirigida por Juan Ignacio Sabatini y protagonizada por Daniela Ramírez, Cristian Carvajal y Gastón Salgado entre otros. Es un aporte, sin duda alguna, a la memoria que se desvanece; no la memoria más que manoseada y manipulada de algunos snob que defienden las luchas del pueblo desde las comodidades que otorga el pertenecer al lo establecido. Ser reconocidos como artistas con un compromiso social o político, sino desde una sensibilidad que se logra sentir como real.

No es la típica película que busca denunciar aquello que cada vez menos personas quieren recordar es más bien un ejercicio poético o tal vez romántico de aquello que impulsa a algunos a intentar hacer algo que cambie las cosas en un estado inamovible y conformista. Una declaración de que la conciencia social no es patrimonio de los descamisados y de que la lucha hasta el final es tan difícil como lo es aportar con un granito de arena en la enorme tarea de hacerle frente a lo que innegablemente es injusto. 

Es extraño el titulo de la película, sobre todo porque sabemos el final mucho antes de verla; pero ese no es el propósito; el propósito es provocar y hacer pensar a quienes ven lo que ocurre en esta historia de personas distintas entre sí pero convencidas de la necesidad de un acto, que ellos consideran un acto de amor necesario, que acabe siendo un regalo para toda aquellas personas que ya han resistido una tiranía durante quince años. Acto de violencia que aparentemente fracasó y que le dio la excusa perfecta a las fuerzas en el poder para asesinar, una vez, más a quienes consideraban peligrosos (ninguno de los asesinados por "las fuerzas del orden" tras el atentado formaba parte de quienes perpetraron el acto).

La represión se puso en evidencia después de este atentado. El dictador se convenció a sí mismo de que si llamaba a un plebiscito ganaría por primera vez, de manera democrática, el derecho a dirigir el destino del país al que tanto decía amar. En octubre de 1988 ese país le dijo NO a quien se veía a sí mismo como un salvador. El país tuvo la breve ilusión del cambio. Pinochet se aseguró de seguir siendo Comandante en Jefe del ejercito hasta 1998 y senador vitalicio hasta el día de su muerte, natural por cierto. Justicia en la medida de lo posible decía uno de aquellos políticos que han administrado el país que es legado de aquella dictadura que tanto le da que hablar a quienes, a partir del triunfo del no han formado parte de lo que se entiende como el Poder.

Al final de la película más imágenes
que provocan al país que fue tras la dictadura. Al país que pretendía cambiar después de un cierto estallido que en verdad no despertó a nadie. Miedo le dio a quienes administran el modelo económico y político que sigue enriqueciendo, de manera práctica, a muy pocos. No es país para sueños locos, no es país para justicia... es país para días de ofertas engañosas, de arte amarrado a alguna ideología que lo mantiene a flote y del legado de Pinochet que no fue juzgado y mucho menos matado por nadie. Después de todo el país donde se escriben estas historias parece ser un país bipolar. De extremo a extremo amenaza ir la cosa, pero en la práctica el mar seguirá golpeando contra el roquerío. Los sueños de justicia social seguirán siendo sueños que la estabilidad económica ridiculizará porque, al parecer, es ridículo oponerse a lo que es práctico.   






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