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La vida es una loca de remate (IV)

    Terminé siendo profesor. ¿Cómo? y ¿por qué? No tengo idea. Yo que estudié cinco años para arreglar automóviles, que era y suelo ser demasiado lento al momento de usar herramientas y que alguna vez había imaginado que podía ser profesor tras otros cinco años de más estudios (esta vez por la noche porque muchos de nosotros no podemos financiar nuestro bienestar sin trabajar). Soñando algunas veces que todavía estoy estudiando, que aún no me he titulado y que me falta tanto todavía por aprender antes de sentirme profesor de algo. Otras veces recordando que cierta vez llorando de rabia le dije a mi medio padre que no me ganaría la vida usando herramientas, impotente porque a pesar de la necesidad de aprender a usarlas, las porquerías insistían en caérseme de las manos.

    Nunca fui a la universidad; quizás es por eso que el inconsciente insiste en recordarme que no estoy listo para compararme con aquellos obtuvieron un título universitario. La experiencia aporta muchísimo más que la teoría, de eso estoy muy cierto; el instituto en que estudié (irónicamente fundado por personas de derecha) desde un comienzo se valió de la experiencia para educarnos. La mayoría de mis compañeros y compañeras de estudio tenían experiencias en el mundo de la educación cuando comenzaron a estudiar para tener un cartón para corroborar que estaban autorizados para seguir haciendo aquello que algunos incluso llevaban años haciendo. Yo intenté en todo momento estar a la altura de sus experiencias. En cuanto pude, abandoné mi trabajo con la gente linda de los centros comerciales para buscar experiencias en la educación pública; y así fue como el niñito del carretón, el mecánico que era sin vocación terminó parado frente a niños y niñas que no siempre saben qué es lo que están haciendo en una sala de clases. 

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