Pues bien; me pregunté no pocas veces qué
era todo eso que estaba presenciando; intenté equipararlo a los mundos y las
gentes que había conocido antes; pero no era posible; éste era un mundo nuevo y
con él; una nueva gente que ya nunca más sería llamada, ni se reconocería como
pueblo.
La economía bullía, las ciudades crecían,
el crédito multiplicaba los panes, las gaseosas y los electrodomésticos de cada
día. Surgían nuevos espacios para la cultura enajenante de siempre, y era más
fácil que nunca ser quién uno quisiera ser. Las personas que en aquellos años
conocí, definitivamente nunca más serían pobres. Los bienes de consumo
estuvieron al alcance de las masas; había en el aire una parte de triunfalismo
que nunca habíamos respirado y no simplemente eso; la promesa del desarrollo
material con que otras naciones, mucho menos afortunadas que nosotros, soñaban
al alcance de nuestras manos.
Quise acompañar a mis nuevos escritos de
algunos versos que me gustaban de cuadernillos anteriores, y de textos que
había escrito cuando dejar de ser nosotros mismos, era apenas una amenaza.
Terminábamos el siglo de la manera soñada y yo, el irreflexivo, andaba con mala
cara por los pasillos de los nuevos templos... los que por entonces me
conocieron no me comprendieron, yo tampoco los quise comprender a ellos; ahora,
muchos años después los comprendo, pero no los justifico.

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