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Los poderosos (III)


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    La Biblia es el manifiesto de una organización que suele ser todavía bastante poderosa: La Iglesia Católica. A lo largo de su historia ha vendido indulgencias, ha ocultado graves delitos y ha robado lo mismo tierras como ha abusado de la confianza de tantos que se hayan muy cómodos sin cuestionar siglos de historia y manipulación.

    Es cierto que a lo largo de su historia ha contado también con religiosos y religiosas que han vivido codo a codo el desamparo de los que nada tienen, pero, ellos y ellas son, con todo el respeto que se merecen, la inevitable excepción a una regla que prefiere la seda, el oro, la soberbia y la falta de vergüenza.

    Quienes reinan en esta santa iglesia son muy poderosos porque se ha adueñado y han modificado un mensaje que no les pertenece. Es la más curiosa ironía que se sigan explicando así mismos a la sombra de un hombre que vistió harapos y fue perseguido, juzgado y asesinado como tanto otros inadaptados que opusieron resistencia en el pasado a los poderosos a los cuales les pertenecen los reinos de la Tierra.

    Es la Iglesia Católica la dueña de una fe que todavía profesa una gran parte de la humanidad y pese a sus reformas y encíclicas, a sus escándalos y contradicciones sigue siendo una de las principales beneficiadas del poder que otorga la ignorancia que tan bien se la da todavía a tanta gente.

 

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    Cuando yo era niño solía pensar que católicos eran los ricos y que los pobres eran evangélicos. Creía que las asambleas y cultos que se levantaban dentro de las poblaciones eran tan nuestras como el hambre, el frio o el desconsuelo. Pero el poder corrompe y poco a poco fui comprendiendo que el pastor puede llegar a ser tan corrupto como el obispo. Pude ver con mis ojos como la ignorancia entre los pobres también es fuente de gracias divinas expresadas en autos, iglesias cada vez más grandes y magnas cuentas bancarias.

    Al ser mi mamá evangélica, no resulta extraño que de niño yo haya asistido a una que otra de estas iglesias. No me gustaron entonces ni me gustan ahora los discursos moralistas que se imponen desde el púlpito, aquella soberbia que es tan natural en la mayoría de los ricos y que luce tan ridícula en los que no teniendo nada se consideran depositarios de una verdad que, como cualquier otra verdad, es tan posible de ser revisada.

    No siempre los ricos son católicos; hay no pocos que se han vuelto ricos pregonando evangelios que tampoco les pertenecen. No todos los pobres son evangélicos; hay quienes amando al prójimo como a sí mismos han puesto en serios aprietos la calma del rebaño. Ovejas negras que el pastor no busca, más bien desprecia porque son la prueba irrefutable de que nacimos para ser libres, para discernir y ser distintos los unos de los otros.


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