La Biblia es el manifiesto de una organización que
suele ser todavía bastante poderosa: La
Iglesia Católica. A lo largo de su historia ha vendido indulgencias, ha
ocultado graves delitos y ha robado lo mismo tierras como ha abusado de la
confianza de tantos que se hayan muy cómodos sin cuestionar siglos de historia
y manipulación.
Es cierto
que a lo largo de su historia ha contado también con religiosos y religiosas
que han vivido codo a codo el desamparo de los que nada tienen, pero, ellos y
ellas son, con todo el respeto que se merecen, la inevitable excepción a una
regla que prefiere la seda, el oro, la soberbia y la falta de vergüenza.
Quienes
reinan en esta santa iglesia son muy poderosos porque se ha adueñado y han
modificado un mensaje que no les pertenece. Es la más curiosa ironía que se
sigan explicando así mismos a la sombra de un hombre que vistió harapos y fue
perseguido, juzgado y asesinado como tanto otros inadaptados que opusieron
resistencia en el pasado a los poderosos a los cuales les pertenecen los reinos
de la Tierra.
Es la
Iglesia Católica la dueña de una fe que todavía profesa una gran parte de la
humanidad y pese a sus reformas y encíclicas, a sus escándalos y
contradicciones sigue siendo una de las principales beneficiadas del poder que
otorga la ignorancia que tan bien se la da todavía a tanta gente.
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Cuando yo era niño solía pensar que católicos eran
los ricos y que los pobres eran evangélicos. Creía que las asambleas y cultos
que se levantaban dentro de las poblaciones eran tan nuestras como el hambre,
el frio o el desconsuelo. Pero el poder corrompe y poco a poco fui
comprendiendo que el pastor puede llegar a ser tan corrupto como el obispo.
Pude ver con mis ojos como la ignorancia entre los pobres también es fuente de
gracias divinas expresadas en autos, iglesias cada vez más grandes y magnas cuentas
bancarias.
Al ser mi
mamá evangélica, no resulta extraño que de niño yo haya asistido a una que otra
de estas iglesias. No me gustaron entonces ni me gustan ahora los discursos
moralistas que se imponen desde el púlpito, aquella soberbia que es tan natural
en la mayoría de los ricos y que luce tan ridícula en los que no teniendo nada
se consideran depositarios de una verdad que, como cualquier otra verdad, es
tan posible de ser revisada.
No siempre
los ricos son católicos; hay no pocos que se han vuelto ricos pregonando
evangelios que tampoco les pertenecen. No todos los pobres son evangélicos; hay
quienes amando al prójimo como a sí mismos han puesto en serios aprietos la
calma del rebaño. Ovejas negras que el pastor no busca, más bien desprecia
porque son la prueba irrefutable de que nacimos para ser libres, para discernir
y ser distintos los unos de los otros.
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